La herencia de Valdiluna

Breve extracto de mi libro La herencia de Valdiluna. ¡Buena lectura!


Capítulo 1: La herencia de Valdiluna


El mundo de Sofía existía en dos dimensiones: la tangible de su minúsculo apartamento en el cuarto piso, perennemente sumergido en una penumbra amortiguada, y la fluida, digital, de los códigos y las interfaces con las que trabajaba. A los veinticinco años, había logrado construir su refugio alrededor de un monitor, donde el silencio era su recurso más precioso. Estaba encorvada sobre el escritorio de caoba clara, los largos mechones de cabello negro y rizado rozaban el teclado, mientras sus ojos verdes penetrantes estaban fijos en una cadena de código compleja. Su naturaleza era calma y apacible, su ritmo interior lento y metódico. En aquel instante, cada nervio estaba tenso en una concentración casi meditativa.
Fue en aquel momento cuando el timbre del móvil, apoyado con discreción al lado del bloc de notas, laceró el aire. Era un sonido común, pero en el aislamiento deseado por Sofía, sonó como un disparo de fusil. Sobresaltó, la mano se le resbaló y golpeó el ratón con un golpe seco. El corazón le martilleó en el pecho como un tambor. Juró entre dientes por la interrupción y agarró el teléfono, esperando la llamada de un cliente exigente o tal vez un molesto telemarketing.
«¿Sí, diga?», respondió, tratando de recomponerse y de enmascarar la irritación en la voz.
«¿Hablo con la señorita Sofía Moretti?»
La voz era inesperada. No era el tono apresurado y seco de un hombre de negocios. Era profunda y persuasiva, con una resonancia que parecía casi estudiadamente calibrada, como la de un actor que recita en una sala vacía. Parecía envolver las palabras en un terciopelo oscuro.
«Soy yo. ¿Quién habla?»
«Disculpe si la molesto en un momento inoportuno. Soy el notario Silas Vance, notario en Valdiluna. La contacto en relación a una cuestión de herencia.»
Sofía frunció el ceño, los ojos verdes se estrecharon en una expresión de perplejidad. «¿Herencia? Temo que hay un error, notario. No… no me consta.»
«Ningún error, señorita Moretti. La disposición testamentaria es clara. Es relativa a su tío abuelo, Elias Montenero. Tal vez un pariente que recuerda apenas.»
Tío abuelo Elias. Sofía debía remontarse a cuando tenía tal vez ocho años, a un almuerzo de familia en el que un hombre alto, taciturno y vestido de tweed oscuro se había quedado aparte, fijando a las personas con una mirada vacía. Era el único recuerdo.
«Él… ¿ha fallecido?»
«Lamentablemente sí. Y le ha dejado en herencia una propiedad. Una villa, para ser precisos, en nuestro pueblo de Valdiluna.»
Valdiluna. El nombre, compuesto y casi de fábula, le sonó extraño, evocando imágenes de nieblas y bosques oscuros. «Comprendo… ¿Y qué debería hacer?»
«La espero en mi despacho para notificar formalmente el acta. Le pido la cortesía de alcanzarme en un par de días. Miércoles, a última hora de la tarde, digamos a las 17:00. Le enviaré la dirección vía SMS, pero mi despacho se encuentra en la plaza principal. Simple de encontrar, pero tal vez un poco… fuera de mano para una chica de ciudad como usted.»
Había un ligero énfasis en la última frase, casi una nota de divertido aviso.
«Está bien. Miércoles a las 17:00, en Valdiluna», asintió Sofía, sintiendo su voz calma en neto contraste con la agitación creciente que le apretaba el estómago.
Después de los saludos y la promesa de enviar los detalles, la línea se cortó. Sofía apoyó el teléfono y se quedó sentada, los rizos negros enmarcaban un rostro desconcertado. Una villa. Un viejo tío olvidado. Valdiluna. Y después, aquel notario.
Su figura mental se había teñido inmediatamente de tintes oscuros: sus modales demasiado refinados, aquella voz profunda y persuasiva que le había dado la extraña sensación de haber sido más leída que contactada. No tenía para nada el aire del clásico burócrata; se parecía más bien a un personaje salido de una vieja novela, envuelto en el misterio y en la elegancia lúgubre. No parecía ni siquiera un notario…



Suscríbete a mi Newsletter para seguir leyendo gratis  

Si quieres apoyar mi trabajo puedes invitarme a un café